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Lágrimas de cocodrilo

Lágrimas de cocodrilo

Uri Avnery

Escritor israelí y activista por la paz con el movimiento Gush Shalom

¿Qué sucede cuando millón y medio de seres humanos se ven aprisionados en un árido y estrecho territorio, separados de sus compatriotas y de cualquier contacto con el mundo exterior, sometidos al hambre mediante un bloqueo económico e incapacitados para poder alimentar a sus familias?

Hace algunos meses, describí esa situación como una especie de experimento sociológico orquestado por Israel, EEUU y la Unión Europea. El conejillo de Indias es la población de la Franja de Gaza.

La pasada semana, el experimento mostró sus resultados. Se pudo probar que los seres humanos reaccionan exactamente igual que otros animales: cuando muchos, demasiados de ellos, están hacinados en un área pequeña en condiciones miserables se vuelven agresivos e incluso asesinos.

Los organizadores del experimento en Jerusalén, Washington, Berlín, Oslo, Ottawa y otras capitales ya pueden frotarse las manos de satisfacción. Los sujetos del experimento reaccionaron como se preveía. Muchos de ellos incluso murieron en aras de los intereses científicos.

Pero el experimento no ha terminado aún. Los científicos quieren saber ahora qué es lo que sucede si el bloqueo se acentúa todavía más.

¿Qué es lo que ha causado la explosión actual en la Franja de Gaza?

El calendario de la decisión de Hamas para apoderarse por la fuerza de la Franja no fue accidental. Hamas tenía muchas buenas razones para evitarla. La organización no puede alimentar a la población. No tiene interés en provocar al régimen egipcio, que está ocupado luchando con los Hermanos Musulmanes, la organización de donde partió Hamas. La organización tampoco tiene interés en proporcionar un pretexto a Israel para que haga más estrecho el bloqueo.

Pero los dirigentes de Hamas decidieron que no tenían más alternativa que la de destruir a las organizaciones armadas que están unidas a Fatah y reciben órdenes del Presidente Mahmud Abbas. EEUU ha ordenado a Israel que suministre grandes cantidades de armas a esas organizaciones, para potenciarlas en su lucha contra Hamas.

A los jefes del ejército israelí no les gustaba la idea, temiendo que las armas pudieran acabar en manos de Hamas (como está sucediendo ahora). El propósito estadounidense está claro. El Presidente Bush ha elegido a un dirigente local en cada país musulmán, que lo gobernará bajo la protección estadounidense y seguirá sus órdenes. En Iraq, en Líbano, en Afganistán, y también en Palestina.

Hamas cree que el hombre escogido para llevar a cabo esa tarea en Gaza es Mohammad Dahlan. Durante años pareció que estaba siendo preparado para ese puesto. Los medios israelíes y estadounidenses han estado cantando sus alabanzas, describiéndole como un líder fuerte y determinado, “moderado” (esto es, obediente a las órdenes estadounidenses) y “pragmático” (esto es, obediente a las israelíes). Y cuanto más alababan a Dahlan estadounidenses e israelíes, más socavaban su prestigio entre los palestinos. Especialmente cuando Dahlan se marchó a El Cairo, como si esperara que sus hombres recibieran las armas prometidas.

A los ojos de Hamas, el ataque contra los bastiones de Fatah en la Franja de Gaza es una guerra preventiva. Las organizaciones de Abbas y Dahlan se fundieron como la nieve bajo el sol palestino. Hamas ha podido fácilmente apoderarse de toda la Franja de Gaza.

¿Cómo pudieron equivocarse tanto los generales israelíes y estadounidenses? Porque sólo pueden pensar en términos estrictamente militares: tantos y tantos soldados, tantas y tantas armas. Pero en lo que respecta especialmente a las luchas internas, los cálculos cuantitativos son secundarios. La moral de los combatientes y los sentimientos de la gente son mucho más importantes. Los miembros de las organizaciones de Fatah no saben por lo que están luchando. La población de Gaza apoya a Hamas porque cree que está luchando contra el ocupante israelí. Sus oponentes aparecen como los colaboradores de la ocupación. Las declaraciones estadounidenses sobre su intención de armarles con armas israelíes les han finalmente condenado.

Eso no tiene nada que ver con el fundamentalismo islámico. A este respecto, todas las naciones responden de la misma forma: odian a los colaboradores de un ocupante extranjero, ya sea noruego (Quisling), francés (Petain) o palestino.

En Washington y en Jerusalén, los políticos están lamentando la “debilidad de Mahmud Abbas”.

Ahora ven que la única persona que podía impedir la anarquía en la Franja de Gaza y en Cisjordania era Yaser Arafat. Tenía autoridad natural. Las masas le adoraban. Incluso sus adversarios, como Hamas, le respetaban. Creó varios aparatos de seguridad que competían los unos con los otros para impedir que un solo aparato pudiera llevar a cabo un golpe de estado. Arafat podía negociar, firmar un acuerdo de paz y conseguir que su pueblo lo aceptara.

Pero Arafat fue ridiculizado por Israel como un monstruo, aprisionado en la Mukata y, al final, asesinado. El pueblo palestino eligió como sucesor a Mahmud Abbas, confiando en que él conseguiría de estadounidenses e israelíes lo que se habían negado a concederle a Arafat.

Si los dirigentes de Washington y Jerusalén hubieran estado de verdad interesados en la paz, se habrían apresurado a firmar un acuerdo de paz con Abbas, quien había declarado que estaba listo para aceptar el mismo compromiso de gran alcance de Arafat. Los estadounidenses y los israelíes le colmaron de toda clase de alabanzas posibles pero le sometieron a continuos desaires continuos con cada tema concreto.

No le permitieron a Abbas ni el más ligero y miserable de los logros. Ariel Sharon se dedicó a desplumarle y después se burló de él llamándole “pollo desplumado”. Una vez que el pueblo palestino hubo pacientemente esperado en vano a que Bush hiciera algún movimiento, votó por Hamas, con la desesperada ilusión de conseguir por la violencia lo que Abbas ha sido incapaz de lograr mediante la diplomacia.

Los dirigentes israelíes, tanto militares como políticos, estaban encantados. Hicieron todo lo que estuvo en su mano para acabar con Fatah. Para asegurarse de esto, arrestaron a Marwan Barghouti, la única persona capaz de mantener unido a Fatah.

La victoria de Hamas se adaptó completamente a sus objetivos. Con Hamas uno no tiene que hablar, ni ofrecer la retirada de los territorios ocupados, ni desmantelar los asentamientos. Hamas es ese monstruo contemporáneo, una organización “terrorista”, y con terroristas no hay nada que discutir.

¿Qué hacer ahora? ¿Aislar a toda Gaza y dejar que la gente se muera de hambre? ¿Establecer contactos con Hamas? ¿Ocupar Gaza de nuevo, ahora que se ha convertido en una trampa inmensa? ¿Pedir a Naciones Unidas que estacione tropas internacionales allí? Y si se hace así, ¿cuántos países estarían lo suficientemente locos como para arriesgar sus soldados en ese infierno?

Nuestro gobierno ha trabajado durante años para destruir a Fatah, para evitar la necesidad de negociar un acuerdo que conduciría inevitablemente a la retirada de los territorios ocupados y de los asentamientos allí establecidos. Ahora, cuando parece que se ha logrado ese objetivo, no tienen ni idea de qué hacer con la victoria de Hamas.

Se consuelan con el pensamiento de que eso no puede suceder en Cisjordania. Allí, Fatah reina. Allí, Hamas no tiene un solo punto de apoyo. Allí, nuestro ejército ha arrestado ya a la mayoría de los dirigentes políticos de Hamas. Allí, Abbas todavía conserva el poder.

Así hablan los generales, con la lógica de los generales. Pero también en Cisjordania Hamas consiguió la mayoría en las pasadas elecciones. También allí es sólo cuestión de tiempo que la población pierda la paciencia. Allí están contemplando la expansión de los asentamientos, el Muro, las incursiones de nuestro ejército, los asesinatos extra-judiciales, los arrestos nocturnos. Estallarán.

Sucesivos gobiernos israelíes han destruido sistemáticamente a Fatah, han aislado a Abbas y preparado el camino para Hamas. No pueden pretender que creamos que se sienten sorprendidos.

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