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Almuñécar contra la corrupción

Sabemos lo que hiciste aquel invierno

Sabemos lo que hiciste aquel invierno

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Autor: El amanuense rojo

Los rateros de bolsos tienen una tendencia natural, incluso genética, a entrar en la cárcel con cierta facilidad. Ocurre igual con los pequeños traficantes de cualquier sustancia prohibida por el Estado. No es difícil en estos casos demostrar su culpabilidad. Los abogados de oficio son menos eficientes, menos cualificados o menos incentivados. O quizá sea un problema de sobrecarga de trabajo.

Cuando los delincuentes ostentan un cargo de cierta importancia en la jerarquía social, léase banquero, alcalde, tesorero de un gran partido político, o incluso artista pederasta, la entrada en la prisión suele demorarse en virtud de un conjunto de razones que tienen que ver con la habilidad de los abogados, la condición humana de los jueces y los vericuetos de lo que se ha dado en llamar justicia.

El sospechoso, cuando tiene propiedades inmobiliarias, mobiliarias y de las otras clases que imaginarse puedan, aguanta bien el tipo y consigue permanecer largos años así, de sospechoso. Se le llama imputado, compareciente, inculpado, denunciado o procesado, pero cuesta dios y ayuda, llegar a llamarlo delincuente. Todo lo más presunto. Hasta ahí podíamos llegar.

Todo el mundo sabe que ese tesorero ha hecho tratos sucios y el partido se calla porque cuando hable van a temblar las piedras. La gente está segura de que ese artista llevaba niños a su casa pero hasta la madre del niño lo negará a cambio de una pensión de por vida. Los abogados defensores saben que su cliente, ese famoso banquero, escondió el dinero en un paraíso fiscal pero hay tantos intereses de por medio que mejor no meneallo. Es más, quizá haya prescrito todo. Es posible que también estén al loro el fiscal, el juez, el secretario del juzgado y esa novia tan joven que ahora se ha buscado el presunto.

Pero una cosa es saberlo, amigo, y otra demostrarlo. Para impedir que lo evidente se demuestre están los buenos abogados. Cobran mucho pero eso no suele ser problema. Casi siempre pagan los no acusados.

Un alcalde puede decir que él no mandó cerrar la televisión. Un buen hombre que confunde la lealtad con la sumisión o el respeto con el miedo puede decir que aquel día cambió la cerradura porque la vio changuilla y él es muy mirado con esas cosas. Un teniente de alcalde puede decir misa incluso si le place. No en vano ya ha sido acusado de cura en un animado debate plenario de hace unos años. Y a lo mejor un juez se pierde entre el artículo 402 y el 107 porque hay una coma que no deja claro el contenido del término prevaricación. Quizá un juez necesite la foto, el vídeo en el que se muestre a un alcalde ordenando el cierre con voz clara y vocalizando bien para que no haya lugar a dudas de que se trata de una coacción. Quizá un juez encuentre alguna excusa en la omisión de un papel clave y el imputado salga en hombros, otra vez, por las baldosas de Plaza Nueva. Es seguro que habrá ese día una espectacular rueda de prensa en la que se volverá a reafirmar la confianza plena en la justicia. Lo dicen todos cuando ganan. Lo olvidan cuando pierden. Entonces prefieren hablar de manipulación, de campaña orquestada o de jueces sustitutos, e insisten en lo de sustitutos como queriendo mostrar la evidente deficiencia del fallo.

Pero usted y yo sabemos tan bien como el alcalde que, al margen de que la Audiencia encuentre las pruebas suficientes, al margen de que los abogados de la parte contratante sean mejores que los de la parte contratada, al margen de que se estime el recurso o se desestime, al margen de todo eso, usted y yo sabemos quién, sin lugar a dudas, ordenó cerrar esa tele que se permitía llevar a todo hijo de vecino a decir lo que le daba la gana, incluso criticar al alcalde. Podrá ser absuelto pero eso no cambiará la verdad de los hechos. Usted y yo lo sabemos. Otra cosa es que haya quien lo disculpe o lo justifique. Pero de lo que no hay duda alguna es de que en Almuñécar, todo el mundo sabe que aquella tele la cerró el alcalde porque le tocaba los pirindolos. Todos sabemos, alcalde, lo que hiciste aquel invierno. Tú, mejor que nadie.

Quizá este escrito pueda ser considerado libelo o pasquín. Es posible. Eduardo Galeano, en su liviano y sugerente libro titulado Espejos, habla de eso. No había televisión, ni periódicos, ni radio ni Internet. Había como desahogo una estatua de un tal Pasquino. Las espaldas de Pasquino hablaban, en ausencia de alcaldes importantes, de aquellos papas fornicadores, guerreros, amantes del lujo y de la tiranía. Esto es lo que cuenta Eduardo, uno de los pocos rojos que confiesan su pasión por el fútbol:

Pasquines
La palabra pasquín, libelo, escrito injurioso, proviene de una estatua de Roma. En el pecho o en la espalda de ese personaje de mármol, llamado Pasquino, manos anónimas escribían sus homenajes a los Papas.

* Sobre Alejandro VI: Alejandro vende los clavos y vende a Jesús crucificado. Tiene derecho: él los había comprado.

* Sobre León X: Ha muerto el décimo León, que siempre dio su afecto al canalla y al bufón. Tirano sucio, deshonesto, infecto.

* Sobre Paulo IV, el inquisidor: Hijos, menos juicio y más fe, manda el Santo Oficio. Y de razones nada, desde luego, que contra la razón existe el fuego. Y guarden la lengua bien guardada, porque al papa Paulo le gusta asada.

* Y así habló la estatua de Pasquino al papa Pío V, que mandó a la hoguera a más de un sospechoso de escribir pasquines: La horca, el fuego lento y todos tus tormentos no me asustan, buen Pío. Puedes mandarme quemar pero no me harás callar. De piedra soy. Me río y te desafío.

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